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domingo, 5 de junio de 2016

La educación en 2030

Me levanto temprano, a las cinco de la mañana, para darme una ducha rápida, obligar a mi cuerpo a engullir el desayuno y salir a la oscuridad de la noche para dirigirme con paso ligero a la parada de autobús. Todavía hace frío, así que meto las manos en los bolsillos de mis vaqueros viejos, que están tan congelados como yo. La niebla que emana mi aliento se me hiela bajo la nariz; espero que el bus no tarde en venir hoy. Nada más sentarme en la banqueta de la parada, veo aparecer al final de la calle los faros encendidos del vehículo que me lleva cada mañana a la facultad. Tardo unas dos horas en llegar. Medio adormilada, intento distraerme con la lectura de un libro que me han prestado. La verdad es que es de lo más interesante. Trata sobre Derecho Penal, un tema que me apasiona y que se me da bastante bien. No tengo grandes dificultades para comprenderlo y me entusiasma estudiar casos judiciales.

Ya estoy cerca de mi parada, así que cierro el libro con un golpe tan fuerte que los escasos pasajeros se vuelven para mirarme con cara recriminadora. Conozco a la mayoría: van a la Facultad de Derecho, en la que me paso la mayor parte del día. Siempre que me los cruzo por los pasillos, me miran así, a veces incluso con burla. Aunque también es cierto que me he encontrado con varios estudiantes que, cuando me ven, me saludan y me sonríen. Y sus sonrisas no son sarcásticas y tampoco me juzgan.

El autobús se detiene delante de la universidad, abandono mi asiento y me dispongo a salir. Tardo unos diez minutos en llegar a la Facultad de Derecho; son ya las siete y media y las clases empezarán pronto, así que debo darme prisa si no quiero que me echen la bronca.

Me dirijo al final del pasillo de la planta baja, donde están los baños. Al lado, hay una puerta cerrada con llave donde guardo el material de trabajo. Saco las llaves y, un poco nerviosa, la introduzco en la cerradura. Una vez dentro, me pongo el uniforme de trabajo, cojo el carrito con los productos de limpieza y hago la primera ronda de la mañana. Las aulas tienen que estar perfectas para cuando lleguen los alumnos.

Sueño con formar parte algún día de esas aulas,con sentarme en un pupitre y tomar apuntes. Pero no puedo. No pertenezco a la clase alta ni mis padres son políticos ni banqueros y tampoco son famosos. Mi familia nunca ha tenido mucho dinero. Siempre he sido la más lista de mi clase, pero, una vez acabé el instituto, las nuevas leyes y reformas educativas, sumadas a las altas tasas de matriculación, me llevaron a mí y a millones de estudiantes a tener que buscarnos la vida de la mejor manera posible. Escucho pasos al otro lado del pasillo, alzo la vista, un poco cohibida. Es una estudiante de tercero con la que me suelo cruzar a menudo, así que le sonrío y ella me devuelve la sonrisa. 

jueves, 26 de mayo de 2016

La educación en 2030


Gracias a los buenos consejos de Serena, Jon pudo cenar e ir a dormir con la barriga llena. 
A las 7:00 de la mañana, Selena le despertaba para ir a trabajar. Los dos, al unirse, se incorporaban al mundo. La vida de Jon no era posible sin Selena y Selena no era más que un cachivache sin la oreja de Jon. Quitar y poner, contrarios que activaban o desactivaban la mente y la vida de Jon a través de Selena.
Un día a Jon se le olvidó hacer el ejercicio rutinario de volver a la vida. Entonces fue cuando descubrió en un rincón de casa un objeto curioso y antiguo. (Quizá herencia de un abuelo) Cuidadosamente lo cogió y lo abrió. Muchos jeroglíficos negros galopaban a través de la mirada asombrada de Jon. Corrió hacía el cuarto en busca de Selena. Necesitaba saber que era aquello, pues le tenía totalmente perplejo.
-          ¡Buenos días, Jon!
-          Buenos días, Selena. ¿Qué es ésto?
-         Libro. 600 gramos. 5.333.897 signos (identificados por los antiguos como «palabras»). Tapa de madera. Papel reciclado. 102 años 11 meses y 67 días de antigüedad.
-          Y.... ¿qué más?
-          15 cm x 13 cm (medida)
Sólo Selena podía descifrar esos signos pretéritos. Jon insistió en querer saber más, pero eso no le estaba permitido. 

martes, 24 de mayo de 2016

La Educación en 2030

            Suena el despertador y salto de la cama, justo a tiempo para ver cómo se abren paso entre las montañas los últimos rayos de sol que quedaban por despuntar. Me paro ante el ventanal y me deleito con el magnífico espectáculo. Sin perder la sonrisa que acompaña mi rostro en este momento, pongo mi canción de los lunes que me imprime aún más energía si cabe y salgo directa a la ducha. Hoy no puedo perder mucho tiempo porque quiero estar en el instituto temprano. ¡Es el último día de clase! El primer y último día de clase son los más intensos, desde mi punto de vista. Mientras que el primer día, los chicos están muy excitados por volver a encontrarse con los compañeros y ver qué profesores les ha “tocado”, los que ya pertenecen al centro, claro. Los alumnos nuevos están mucho más nerviosos y expectantes por los cambios que se les avecinan. Eso sí, el último día de clase es igual para todos: con muchas ganas de acabar, prisas, planes, cierta incertidumbre  respecto a las notas...

            Parece que fue ayer, incluso ahora mismo, cuando me preparaba para ser profesora, corría el año 2016, mucho ha llovido desde entonces y muchas cosas han cambiado también. Recuerdo que vivíamos momentos difíciles para la Educación porque, entre las sucesivas reformas educativas que no hacían más que poner trabas al normal desarrollo de nuestra actividad, y el desprestigio de la profesión docente, se podría decir que estábamos en el punto de mira, puesto que se consideraba a los docentes como los grandes responsables de los elevados índices de fracaso escolar.

            Una gran noticia que todos celebramos fue cuando los políticos se comprometieron a trabajar en la elaboración  de una Ley Educativa que recogía tanto las necesidades como las carencias reales. Esta reforma se llevó a cabo con el asesoramiento de los docentes que están en contacto directo con la realidad que se vive en las aulas y, por tanto, la voz más autorizada. Además, adquirieron el compromiso de mantener esta Ley, independientemente del partido gobernante, ya que es la única manera de comprobar los resultados de la misma, a largo plazo.  Se reforzó la comunicación y colaboración entre los docentes, se invirtió mucho en la formación docente, especialmente en el campo de la innovación y las tecnologías. De esta manera se dio continuidad y proyección a unos planes educativos que hoy, en pleno 2030 estamos recogiendo los frutos y, por cierto, es una magnífica cosecha.

domingo, 22 de mayo de 2016

La educación en 2030

Ready Teacher One

            Alicante, 22 de mayo de 2030.

Para variar, me he despertado diez minutos antes de que sonara la alarma. Si no fuera porque el ordenador tiene personalizada mi hora de levantarme y la programa a diario sin que yo se lo ordene, seguramente ni la pondría. Sin embargo, eso ya no es una decisión mía. Ni mía ni de nadie. Desde hace cinco años los ordenadores controlan todos y cada uno de los momentos de nuestra vida cotidiana, desde que nos levantamos hasta que nos vamos a dormir. No es que Skynet tomara conciencia de sí mismo y decidiera que resultaba más productivo controlarnos en vez de destruirnos. Lo que ocurrió es que simplemente los que mandan en este mundo de locos nos convencieron que era mejor que nuestras vidas serían mejores si las controlaba un programa de ordenador. Nos convencieron… o, mejor dicho, nos dejamos convencer por simple inercia y un cierto grado de apatía. Estamos tan acostumbrados a no quejarnos ni cuestionarnos las cosas que ya nos venden sin problemas cualquier idea que se les pase por la cabeza.
          En media hora ya me he dado una ducha y me he vestido. Un café humeante y bien cargado me está esperando en la cocina junto con unas tostadas con mantequilla. Justo en lo que he pensado nada más levantarme. Oasis ha hecho el resto.
           Oasis es el programa. No un programa más sino “el programa”. No es que no existan más, sino que todos los demás programas están conectados a él. Sus creadores sacaron el nombre de un libro de ciencia ficción de hace casi treinta años, Ready player One, de Ernest Cline. Tuvo bastante éxito e incluso hicieron una película de él. El futuro que describe no es como el nuestro… pero tampoco se aleja demasiado.  En él la gente se evade de la realidad que le rodea por medio de un programa de realidad virtual desde que hace prácticamente de todo: trabajar, comprar, ver la tele, relacionarse… vamos, prácticamente como ahora. Yo por ejemplo todavía salgo de casa para comprar las cosas que me hacen falta. Pero claro, es que yo soy de la vieja escuela. Hoy en día es casi imposible ver a alguien de menos de cuarenta años por la calle. Los que está por debajo de esa edad se pasan el tiempo conectados a Oasis y todo lo que necesitan se lo llevan a casa.


            El ordenador ya está encendido en cuanto entro al despacho. El icono de Oasis (una gran O de color dorado de la que brota la silueta de una palmera) está parpadeando en la pantalla, esperando a que me siente y me coloque mi casco de realidad virtual y los guantes. En cuanto lo hago, la pantalla que tengo en el casco se difumina y Oasis me lanza su habitual mensaje de bienvenida. A continuación aparecen los iconos con las distintas tareas que tengo programadas para hoy. Con los guantes toco virtualmente en el icono del instituto en el que trabajo como profesor e inmediatamente aparezco en el aula que tengo designada. Algunos alumnos ya han hecho acto de presencia virtual, puesto que sus avatares se encuentran sentados en sus pupitres. Poco a poco va llegando el resto. A la hora en punto aparece un nuevo mensaje en mi pantalla indicándome que ya puedo empezar. 

          Mi voz suena clara por el altavoz del casco:

         “En la clase de ayer acabamos leyendo un fragmento de ‘San Manuel Bueno, mártir’, de Miguel de Unamuno…”

miércoles, 18 de mayo de 2016

¿La educación en 2030?

No deja de ser difícil plantearse cómo será la educación en 2030 cuando ni tan siquiera conocemos la que hoy nos toca vivir y que, a tenor del Máster que estamos realizando, pronto nos tocará vivir de primera mano. En cualquier caso, ponemos sobre la mesa una noticia reciente que ya empieza a adelantar las posibilidades (¿reales?) que la tecnología ofrece.
Nos referimos al caso de Jill Watson, ese experimento realizado durante seis meses en la Universidad de Georgia. Merece la pena leer atentamente la noticia, puesto que este sistema de inteligencia artificial elaborado por IBM ha sido capaz de "engañar" a sus alumnos durante medio año. 
Si uno se plantea el futuro no puede despegarse de una visión pesimista. Pero, acaso, esa visión no es más que el resultado de la pobreza educativa que hoy día vivimos. Así pues, pensamos que en el año 2030 se mantendrán los mismos problemas de la actualidad: desinterés, falta de recursos, intervención política y un largo etcétera que vincula tanto a los profesores como los alumnos. Os proponemos una buena metáfora en la siguiente escena de Family Guy, cuando Stewie Griffin ayuda a su yo del futuro: